Lema Jubilar
“Reina de nuestras almas"
El centenario de la Coronación Canónica de la Santísima Virgen de la Fuensanta es mucho más que una conmemoración histórica: es una invitación a volver la mirada del corazón hacia María, como Madre, como Fuente de gracia y como Reina amorosa del interior de nuestra vida.
El lema que acompaña este jubileo, “Reina de nuestras almas”, expresa con sencillez una verdad profundamente cristiana: María no reina desde el poder, sino desde el amor. Su realeza es la de quien se entrega totalmente a Dios y, por eso mismo, se convierte en refugio y guía para sus hijos. Ella es Reina porque pertenece por entero a Cristo, y porque nos conduce siempre hacia Él.
Un símbolo que habla al alma
El logotipo del centenario, realizado por el artista murciano D. Santiago Rodriguez López, está cargado de significado espiritual. La fuente que aparece en el centro evoca el nombre mismo de la Virgen: Fuensanta, fuente santa, manantial de misericordia y consuelo para el pueblo creyente. María es fuente porque en ella brota la Vida que es Cristo. Como recuerda la Iglesia, ella es la mujer que nos lo entrega todo: nos da al Salvador.
La corona floral que envuelve la parte superior remite a la belleza de la gracia y a la ofrenda del amor del pueblo fiel. En 1927, la coronación fue un acto visible de devoción; hoy, cien años después, somos llamados a una coronación más profunda: la del corazón, la de la vida entregada, la de una fe renovada.
Un centenario para volver a Cristo
Celebrar este centenario no es solo recordar un acontecimiento del pasado, sino reconocer que María sigue caminando con nosotros. Ella continúa siendo Reina, no de tronos exteriores, sino del lugar más sagrado: el alma. Allí donde se libra la batalla de la esperanza, donde nacen las decisiones, donde Dios quiere habitar.
María, Reina de nuestras almas, nos enseña a vivir con fe sencilla, a volver a la oración, a descubrir que la Iglesia es hogar, y que Cristo es la fuente definitiva que sacia toda sed.
Que estos cien años sean un tiempo de gracia. Y que, al pronunciar con amor este lema —Reina de nuestras almas—, cada creyente pueda responder con confianza:
“María, toma mi corazón, llévalo a Cristo, y reina en mí con tu ternura de Madre.”