La actividad musical, reflejada en diferentes actos litúrgicos ordinarios y extraordinarios, nos sitúa y nos hace entender que la música, como parte integrante de la liturgia, expresa el carácter en ocasiones reflexivo y meditativo, y en otras de gran júbilo, vinculado al culto celebrado.
Es, parafraseando a San Agustín, esa huella de valor profundo, íntimo y sentido con la que el corazón expresa todo lo que no puede expresar con palabras.